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SENTIRSE AMADO


Aún si los objetos respiran el aroma 
encrudecido del cadáver de una hormiga,
es arañar el rostro de la embriaguez.
La lluvia derrite la ventana de pestañas abiertas,
y los sueños, con su medula afuera, callan.
La barba de Dios se esconde detrás de una espina,
sepultada en tu cuerpo por manos brillantes.
Las luces de la habitación, en su transparencia,
se deslizan del cristal hasta tu ombligo.
Sentirse amado es saber que Dios 
es un ladrón que ha mordido mi cuerpo.
Escribo atestado de rumores sobre tu cabello enhiesto.
Miro un momento. Las estrellas se fundían sobre las aves.
Vuelvo sobre un reflejo de agua.
Libros acumulados parecen asimilar sus propias constelaciones de signos,
y la memoria de aquel insomnio con la que fueron escritos.
Pregunto si la poesía ha de recobrar el brillo obturado de un retrato.
Las sombras sobre el suelo se reacomodan.
El vago silbido de un pájaro se estanca entre los árboles.
La lluvia, afuera, es un chorro sobrecogido de lacónicas observaciones.
Veo un hilillo de luz precipitándose por un túnel.
Retroceden los rumores de tu cabello.
Huyen bajo el sonido amontando de las gotas. 
Escribo: la poesía es impredecible, atrapado en sus predicamentos.
Nadie sueña que su voz nos salvará de una catástrofe. 
No hay atardeceres atravesados en la lluvia.
Siento sobre mis dedos tu ausencia.
Sentirse amado es volver sobre tus ecos y tus pasos.

A veces, cuando extraño el murmullo de los sanates, Cierro los ojos, para pensar en los nidos de árboles, Y en los rastrojos de nube negra que revolotean sin cesar. Es la noche que cobra vida de manera lastimosa sobre Villahermosa, Mientras el submarino se llena de marineros nostálgicos de agua dulce, Que olvidan sus penas en amarga cebada, Con las panzas al aire. En esa voz que latiguea como machetes cortando el viento, Las calles viejas cobran una vida a leyenda perdida. Sueño con cocodrilos fosforescentes en la laguna de las Ilusiones, Masticando lirios y troncos, Con las luces del atardecer que permean como goteras, Entre los arboles cubiertos de loros. Las paredes rayadas con mil amores, Testigos de besos y juegos pronunciados de lujuria. El calor del trópico no cede al bochorno de las noches, Pero poco importan para tensarnos mutuamente, Enredados en sopor y saliva. Con los colores amarillo y verde de los edificios del centro viejo, Nos fundimos en un paisaje ecléctico, Donde las luciérnagas vagabundean de vez en cuando, Espiando entre ventanas, Mientras los moscos quedan atrapados en el merillaque de nuestros sueños. Algún día quisiera que me dolieras Villahermosa, Escondida entre ríos y pantanos, Entre selvas y petróleo, Para así extrañarme a mí mismo, A todo lo que deje, Lo que debí ser, Y lo ya nunca seré. Con tus poetas locos. Con el pajarito amarillo que saluda todas las mañanas. Y los campesinos que marchan cada semana por tus calles. A los jaguares que ya no existen. El barullo de los monos, Y los atardeceres de la Pólvora. Déjame extrañarte, De vez en cuando, Sólo permíteme darte un día de mi nostalgia. Junto a esa alfombra de colores que dejas caer cada primavera, Con las hojas del guayacán eléctricas en los cielos, El maculis inundando lagunas y cañerías, Y el framboyán ensangrentando las ramas cohibidas. Observarte, detenidamente, En tu gente. En su mal humor. En su fiesta diaria. En la arena y el polvo. Junto con las nubes que dejas vagar por tus verdes terrenos, Y el calima que anuncia lo que tú y yo sabemos. Aleja esas jornadas de tormenta, Y relámpago. Ese es Dios que se acuerda de sus hombres, Con nombre y apellido. Se acuerda a lo Sodoma y Gomorra, Te deja caer agua a raudales Para que te ahogues, Pero tú, terca como siempre, Permaneces erguida, Como lo has hecho todos estos cientos de años. Entre fango y lodo te levantaste, Entre agua y relámpagos te hiciste vieja. No te rajas, no cedes, No te mueres.

Carlos Matus

Nezih Einar

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